Comunidad Educativa

 Jose de San Martin

La tarde caía sobre Boulogne-sur-Mer y la luz dorada entraba por los ventanales de la modesta casa del anciano general.

No era un hogar lujoso, sino un refugio silencioso donde la brisa del mar traía olor a despedida.

En su sillón favorito, junto a la chimenea apagada, José de San Martín observaba a su nieta Pepita jugar con sus medallas como si fueran simples juguetes.

Sentada en la alfombra, la niña contemplaba las preseas —estrellas de oro y cintas desgastadas— sin imaginar las batallas que habían atravesado.

Las tomaba una a una, seguía sus inscripciones y buscaba en su abuelo una sonrisa o una historia.

San Martín, cansado por los años, la miraba con ternura.

Ya no era el hombre que cruzaba cordilleras, pero encontraba en esa escena una paz mayor que la de sus triunfos.

—Esas medallas —murmuró— no valen ni la mitad de esta tarde.

Pepita levantó una con cinta amarilla.
—¿Y esta, abuelito?
—Esa fue por una victoria muy lejana —respondió.

Al tomar otra, él añadió que correspondía a una Caballeresa del Sol, condecoración que nunca fue a recibir, quizá porque le pareció insignificante.

La niña la dejó junto a las demás, para ella todas eran iguales: las “medallas del abuelito”, tesoros cuyos secretos quizá un día querría oír.

El general contempló la alfombra gastada, la luz dorada y a la niña que sostenía, sin saberlo, la historia de medio continente.

Comprendió entonces que su mayor victoria no había sido militar, sino íntima: esa nieta, nacida lejos pero heredera de su sangre, era su verdadera continuidad.

Pepita rió al hacer chocar dos medallas como soles diminutos.

Él sonrió, leve pero sincero.

Y en la penumbra de 1848, mientras afuera el mundo ardía en revoluciones, el Libertador se permitió ser simplemente abuelo: una última victoria modesta y luminosa que no necesitaba medallas.

Un aporte de un aprendiz de escritor.
Ermel Aguirre

 casa de Jose de San Martin